Nuestra
Dulce Señora: Poesía de Dios
Homilia
del
Cardenal Justin Rigali
Fiesta de Nuestra Señora
de Guadalupe Iglesia Asunción,
West Grove
12 de diciembre, 2007
Muy
queridos Hermanos y Hermanas en Cristo,
¡Qué gusto tenemos hoy de celebrar otra vez la Misa en
la ocasión de la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe!
Es interesante pararnos un momento y considerar lo que este nombre maravilloso
“Guadalupe” significa en español: “el cauce
del río,” “aquello que lleva el agua,” o “Río
de Luz.” Precisamente esta es la vocación de María,
es Ella quien porta, quien lleva el Agua viva que es su propio Hijo.
Es María quien nos lleva a Jesús, como Ella misma lo dice
en el pasaje conocido en el Evangelio de San Juan como las Bodas de
Caná: “Hagan todo lo que Él les diga.”
Dios en su inefable y entrañable misericordia nos bendijo con
la presencia de la Madre del Hijo de Dios; del único y verdadero
Dios, por quien tenemos acceso a la vida eterna. María, como
portadora de su Hijo y su mensaje, es desde entonces, lo mejor que nos
ha sucedido en nuestra historia. María, como obra perfecta de
Dios entre todas las criaturas, es obra de la gracia de Dios. Es poesía
de Dios. Poesía es creación. Por eso, nuestra Dulce Señora,
es poesía; porque es obra divina, es resultado del amor de Dios.
Y la poseía se expresa en palabras o en obras de arte, en signos
bellos y nobles.
San Lucas nos cuenta en el Evangelio de hoy que el ángel Gabriel,
enviado por Dios a una virgen desposada con José, es “llena
de gracia” porque ella ha hallado “gracia ante Dios.”
Estas palabras, mis queridos hermanos y hermanas, son la expresión
más clara del camino que el Padre Dios, en un gesto inefable
de su amor por nosotros, quiso usar a favor nuestro para hacer que la
historia humana fuera el lugar desde el cual se realiza la salvación.
Cuando el ángel anuncia a María que ella iba a dar a luz
al Salvador, significa que con la Encarnación, Dios, el eterno,
se hizo historia asumiendo todo lo que en ella acontece como lugar,
ocasión y causa de salvación. Desde entonces, la historia
de la humanidad entera y la de cada uno de nosotros, han quedado vinculadas
al plan de Dios trazado desde antiguo para nuestra salvación.
Por tanto también desde entonces, Nuestra Señora, y por
voluntad divina, la Madre del Dios, por quien se vive, está íntima
y misteriosamente unida a la aventura de todo creyente.
Hoy, todos nosotros nos sentimos dichosos, como María, por la
fe. Dichosos nosotros porque creemos. No sabemos bien lo que tenemos
con la fe, nuestro gran riqueza y gozo, el que desde los primeros siglos
de nuestra era ha constituido lo mejor, lo más noble. Es la fe
lo que nos identifica en nuestras raíces y ser más propio
el gozo que nos alienta, y que hoy, como hijos e hijas fieles de la
Virgen María y protegidos por Ella. Y como herederos de tantos
santos y mártires, de tantos cristianos sencillos, testigos de
Jesucristo, anhelamos compartir con todos en una iglesia más
intensamente misionera, llamada a evangelizar de nuevo, a proclamar
por todas las partes, la misericordia de Dios, su inmensa grandeza que
se muestra en favor nuestro, que exalta a los humildes y sencillos y
colma de bienes a los pobres, hambrientos y abatidos. Por eso, la única
postura que podemos asumir al recibir al Hijo de Dios en la Sagrada
Eucaristía es la misma que San Lucas indica que asumió
María al contestar al ángel: “Yo soy la esclava
del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho.”
Nosotros también debemos salir de esta Eucaristía con
la misma actitud: somos los esclavos de Dios que puede llevar a cabo
su plan para cada uno de nosotros porque “no hay nada imposible
para Dios.”
¡Ayúdanos Dulce Señora, con tu intercesión
de Madre, ante el Padre a que sigamos trabajando por corresponder al
don de la fe que nos trajeron los primeros evangelizadores de toda América!
¡Acompáñanos siempre para que esta porción
de la Iglesia, fiel a su vocación y misión, dé
testimonio del amor y de la verdad ante el mundo! ¡Alienta los
esfuerzos que nuestros pastores hacen para que Jesucristo sea verdaderamente
Señor de todos los ámbitos de nuestra sociedad! ¡Pide
al Señor y Dios nuestro que envíe su Espíritu para
que los gobernantes, industriales y los empresarios, cristianos o no,
caigan en la cuenta de que sólo en la justicia y en la verdad
es posible una paz estable¡ ¡Oh clementísima, Oh
piadosa, Oh dulce siempre Virgen, María, nuestra Señora
de Guadalupe!
¿Hacia
dónde lo está él guiando?
MONS. Hugh Shields
«Levántate
y brilla, que ha llegado tu luz, y la Gloria de Yavé amaneció
sobre ti» Isaías 60:1
En una parroquia esta semana, tres pequeños ángeles (vestidos
en blanco, con alas y caras pintadas) y cuatro pastores (vestidos apropiadamente
para sus trabajos) —todos de ocho años de edad— encabezaban
una procesión de entrada.
Caminaron con mucha confianza en ellos mismos hacia el santuario, pero perceptiblemente
vacilaron una vez que llegaron, sin saber hacia dónde ir después.
Fue como si ellos perdieron de vista su «estrella guía»
por un momento. Los jóvenes ángeles y pastores rápidamente
vieron algo que los guió sin problemas a sus bancos.
Observándolos, pensé ¡cuánto nos parecemos a
estos jóvenes en nuestras vidas! Podemos perder fácilmente
nuestro camino. La luz parece apagarse. Podemos encontrarnos en una oscuridad
profunda, abrumadora … no seguros de qué modo proceder. Una
enfermedad (propia o de otros), la carencia de empleo lucrativo, los malentendidos
entre los seres queridos, las adicciones, la inseguridad debido a la carencia
de «documentos», los prejuicios, la escasez del perdón
—la oscuridad— puede abrumarnos y oscurecer nuestra visión
del mundo, de los demás y hasta de nosotros mismos.
De pronto, entre las luces parpadeantes, el decorado árbol, las tarjetas,
los juguetes, los regalos —enviados y recibidos— las reuniones
sociales y de familia, el paso frenético, el vistoso papel de envoltura,
vislumbramos la diminuta figura del Cristo niño sobre la paja del
pesebre —y una «Luz» aparece de nuevo. Allí, en
medio de las tantas cosas que la Navidad ha llegado a ser, CRISTO es, la
razón de todas ellas.
Extendida de nuevo, en esta misma celebración del nacimiento de Cristo,
está la invitación a nosotros —que estamos agotados,
cargados, cansados— a intentar una vez más. A amar más
profundamente, a perdonar otra vez, a practicar la justicia, a identificarse
con el pobre y el marginado, a ser un instrumento de paz —acercarse
más al Hijo de Dios y la Sagrada Familia para así acercarnos
más a nuestra familia terrenal de cada raza, nación, cultura,
religión .
Estoy bastante seguro de que nuestros pequeños ángeles y pastores
que dirigieron la procesión de entrada la otra noche vieron una mano
levantada y una sonrisa que les señaló de nuevo el camino
guiándolos a sus bancos. ¿Puede usted ver la diminuta y extendida
mano y la cara sonriente del Cristo niño dirigidas hacia usted desde
el pesebre? ¿Hacia dónde lo está él guiando?
¡Feliz Navidad!
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